domingo, 31 de diciembre de 2006

Historia de dos ciudades

Yo habito simultáneamente en dos ciudades distintas: una se llama London, la otra se llama Londres. De manera inadvertida ambas tienden a solaparse en silencio, sin estridencias, sin aspavientos, y apenas noto ya cuando me deslizo de la una a la otra, ni dónde me encuentro ahora. Y casi que poco importa, pues al fin y al cabo... en ninguna hallo reposo.

Mi nombre es mi vida

"En el pensamiento primitivo las cosas están de tal modo vinculadas entre sí que se cree que lo que afecta a una afecta también a otras, no objetivamente, sino mediante una acción mística... ciertos pueblos primitivos participan de sus sombras, de modo que lo que afecta a sus sombras les afecta a ellos. De ahí que pueda ser fatal atravesar un espacio abierto a mediodía pues quien así obrara perdería su alma. Entre otros pueblos, se participa de los hijos, y cuando un niño está enfermo es el padre el que toma la medicina. Otros pueblos primitivos participan de sus nombres y por ello rehúsan revelarlos, pues, si un enemigo suyo se enterara de su nombre, se apoderaría del propietario del mismo."

El Supermercado, un sueño.

¿Cómo pudo cambiar mi actitud respecto a... de una manera tan radical en tan breve espacio de tiempo? No tenía a nadie. Nadie a quien llamar, nadie con quien quedar. Estaba solo. Encerrado en casa. Al principio, por la inercia, me costaba arrancarme del escritorio o el televisor para bajar al super, pero luego empecé a descubrir sus encantos, a disfrutar con su bullicio, con la alegre música que inadvertidamente se deslizaba desde los altavoces a los oídos de los clientes, con los colores, con los olores, con una especie de complicidad, más aún, de fraternidad que parecía establecerse entre todos los que nos paseabamos por entre esas estanterías repletas de productos, que parecían llegar a cobrar una dimensión cuasimágica, sobrenatural.
Un día me encontré protestando por tener que bajar de nuevo y me extrañé al oírme a mí mismo. Sentí que sólo protestaba por costumbre y que realmente (sé que puede sonar exagerado) estaba feliz por tener que hacerlo.
Me enamoré. Fue entonces cuando definitivamente perdí el control. Ella se llamaba Amparo. Era cajera.

Poco a poco fui sintiéndome más a gusto allí que en mi casa, sintiendo allí como en mi verdadero hogar, y cada vez tenía la necesidad de pasar más tiempo en él.
Así que cada vez me iba volviendo más despistado y olvidando constantemente cosas necesarias de la lista de la compra, lo que me obligaba no ya a volver el día siguiente, sino incluso varias veces el mismo día. Mi madre me decía que no era necesario, que podía dejarlo para el fin de semana por ejemplo, pero yo me mostraba molesto por mi torpeza y con gesto resignado bajaba solícito al super. Mi familia llegó definitivamente a preocuparse cuando empecé a comportarme de manera violenta cada vez que alguien aparecía en casa con una bolsa de plástico con el logotipo del super, o si alguien intentaba pasar por encima de mí y anunciaba que ese día la compra era cosa suya. Mis reacciones eran siempre desmedidas, fuera de lugar. Escupía a la cara de quien fuera que no sabía valorar mi trabajo en la casa, que se me consideraba un inútil, que yo podía hacer la compra mejor que nadie, adquirir los mejores artículos al menor coste, que gracias a mi saber hacer las cuentas de la casa iban cada vez mejor, que la compra era un asunto muy serio... Una vez me alteré tanto que le dí un manotazo a un florero azul muy bonito que teníamos que quedó hecho añicos contra el suelo. Todavía me avergüenzo al recordar aquello.

sábado, 30 de diciembre de 2006